Solsticio de diciembre 2008

El rito del Sol Quieto muestra cómo se festeja el comienzo del verano

Por Ana María Bertolini / Télam

Mañana comenzará el verano en el Hemisferio Sur, al tiempo que en el Norte sobrevendrá el invierno, motivos ambos que incitan a volver celebrar ese día un viejo rito pagano: la fiesta del Sol Quieto.

El solsticio se producirá exactamente a las 12.03 hora de Greenwich (en Argentina: 10 en el este y 9 en el oeste), trayendo el día más largo en el Sur y el más corto en el Norte.

En adelante, las jornadas se irán acortando cada vez más en el sur y alargándose cada vez más en el norte, hasta que se equilibren con la noche y la igualen, al producirse, dentro de tres meses, el equinoccio de marzo.

Solsticio significa literalmente "sol quieto" y marca el momento en que el astro cambia la dirección de su camino aparente en torno a la Tierra.

Hasta el 21 de diciembre, el Sol se corre cada vez más hacia el sur, llevando el verano a ese hemisferio; pero a partir del 21 de junio lo hace cada vez más al norte, determinando en el sur el comienzo del invierno.

El movimiento solar, en realidad, es aparente: la que se corre es la Tierra, que realiza su traslación en torno al astro rey inclinada unos 23 grados sobre su eje, siempre del mismo lado; pero al ojo terrestre, parece que fuese el Sol el que se mueve.

Si la Tierra no girara en torno al Sol con esa inclinación, no habría veranos ni inviernos, sino una eterna primavera.

Lo de "Sol quieto" alude a que en torno al 21 de diciembre y 21 de junio, el astro parece "frenarse" unos días, antes de tomar impulso para recorrer el camino inverso.

Si desde la óptica, ambos solsticios involucran un cambio de dirección, desde lo místico simbolizan un cambio hacia lo desconocido, un nuevo comienzo.

Contra lo que pueda creerse, los antiguos sabían que no era el invierno lo que cobijaba la muerte, sino el verano. ¿Por qué?

Porque el verano es un ir desde la luz más intensa (el día más largo) a la oscuridad más creciente (el día más corto).

Por eso, la fiesta del Sol Quieto de invierno se festejaba antiguamente con mucho más júbilo: el día más oscuro les anunciaba la resurrección de la luz, mientras que el día más luminoso les prevenía de su efímera existencia.

El rito pagano a cumplir este 21 de diciembre consiste en reunir a 12 personas en un círculo al aire libre y constituir simbólicamente sobre la Tierra una representación del Cielo.

Para esto es preciso encender un fogón, que representa al Sol, y colocarse todos en derredor del fuego, para comer, charlar, escuchar música, bailar y, lo más importante: quemar flores.

Cuatro deberán ubicarse en cruz frente al fogón, exactamente en los cuatro puntos cardinales; y entre medio se ubicarán los restantes ocho, para simbolizar así los 12 signos del zodíaco.

Los germanos llamaban al día del Solsticio de verano "Baldurstag", Día de Baldur, o dios de la Luz.

La leyenda cuenta que Baldur, hijo predilecto de Wotan, y su mujer, Nanna, custodia de la primavera, morían juntos al comenzar cada verano; y por eso, en la noche del Solsticio, se encendía el fuego para convertir a los difuntos en ceniza.

Como a la primavera muerta la devoran las llamas del verano, ellos simbolizaban tal idea arrojándole flores al fuego (el Sol), de allí que haya que contar con unos ramitos para cumplir el rito.

Los cuatro puntos cardinales significan las cuatro estaciones y los 12 signos del zodíaco simbolizan la completud del círculo: todo empieza y termina, pero más allá de las existencias individuales, la vida recomienza eternamente en torno al Sol.

Para contarse entre los elegidos por la vida, será preciso renovar dos veces al año el fuego iniciado en los respectivos solsticios, tal como se hace con la antorcha olímpica.

El fuego, o el Sol, o la luz, representa a los hombres y su fortaleza o energía dinámica; pero las mujeres, que simbolizan la fertilidad de la Tierra, son las guardianas del Fuego Eterno.

Como tales, ellas serán las encargadas de guardar algunos carbones y cenizas del fuego encendido este 21 de diciembre, para seis meses más tarde, encender con ellos la llama del próximo Solsticio del 21 de junio.

Festejar el Día del Sol Quieto, cualquiera sea, significa aceptar los cambios y apostar a la renovación del círculo de la vida, pero eso sí, hay que hacerlo con cuidado de no convertir en pira la casa del vecino.

La fiesta del Sol Quieto de invierno, anunciaba la resurrección de la luz".

Celebración de Januca

Desde mañana hasta el 29 de este mes, los judíos de todo el mundo encenderán las velas de su candelabro para celebrar la Fiesta de las Luminarias, conocida también como Januca.

Januca no se celebra sólo por una "victoria física de la pequeña nación judía sobre la gran Grecia", sino también por un triunfo "espiritual, de la fe judía contra el helenismo de los griegos", quienes habían usurpado el Beit Hamikdash, templo de Jerusalén, indicó el rabino de Jabad Lubavitch Argentina, Tzvi Grunblatt.

Januca también se recuerda por "el milagro del frasco de aceite", cuando una porción del aceite de oliva sacramental que sólo alcanzaba para mantener el candelabro del templo encendido por un día, duró ocho.

En esta festividad, se acostumbra a dar regalos.

Ignorar al otro, un signo de estos tiempos

Tesy de Biase
Del diario LA NACION

La clásica ley universal que niega al otro para actuar sin culpa ("ojos que no ven?") se ha corporizado con particular intensidad en la argentinidad actual. El otro (el prójimo, el semejante) aparece desdibujado, como si sus fronteras fueran invisibles.

"Cuando vas por la calle la gente te atropella? como si fueras transparente, te quiere pasar por encima, no existís", se queja la diseñadora gráfica Lorena Szenkier.

"Esta impersonalización que transforma al otro en una cosa es hoy una característica de nuestra sociedad, que nos empuja a vivir hacia afuera, con cierta huida de nosotros mismos", dice el psicoanalista Alfredo Painceira, que dictó la conferencia "El mal como la negación del otro ", en el VII Congreso Argentino de Psicoanálisis, realizado en Córdoba.

"Los vínculos entre las personas tienden a hacerse cada vez más instrumentales -dice Painceira-. El otro pierde su carácter de semejante para convertirse en cliente, rival o sencillamente en un instrumento para obtener algo."

El automatismo y la anomia de las ciudades superpobladas ceden en pueblos del interior, en donde la trama social se teje con nombres propios, los vínculos son más personalizados y cada uno ocupa un rol irreductible. Sin embargo, la tendencia general es de pérdida progresiva de la capacidad de empatía, de reconocer al otro y armonizarse con sus parecidos y diferencias.

"La raíz de muchos males contemporáneos tiene estrecha relación con esta imposibilidad de reconocer al otro", dice Painceira, y rescata una advertencia de Juan Pablo II, quien poco antes de morir dijo que el peor de los males de este tiempo es el de inadvertencia.

Pero la conversión del otro en un "objeto/nada", tal como lo definió la licenciada Estela Bichi, que también participó del citado congreso, no lleva patente argentina.

Mediante este procedimiento, la civilización ha realizado, a lo largo de su historia, innumerables actos de incivilización y barbarie, aunque no siempre con la premisa del sadismo, sino de lo que la filósofa y pensadora alemana Hannah Arendt llamó "banalidad del mal".

"Una de las cosas que más extrañaron a Arendt cuando conoció al genocida Adolf Eichmann, corresponsable de "la solución final" planificada por los nazis contra judíos y opositores, fue que se trataba de un burócrata: despersonalizando a las víctimas, transformándolas en simples números, convertía el Holocausto en un problema matemático. "Tenemos que matar a cinco millones de personas con el menor costo. ¿Cuál es el método más barato?"

Sin alcanzar el dramatismo extremo que se ha repetido a lo largo de la historia en infinitas escenas de crueldad acompañada de anestesia, la vida actual multiplica cotidianamente escenas protagonizadas por quienes hacen del otro una nada, hecho que los avala a proceder con la mayor de las libertades sin asumir compromiso alguno sobre su propia conducta.

El saber popular lo resume con la frase "La libertad de uno termina donde empieza la del otro".

La ecuación es sencilla: si el otro no existe, la libertad de uno se expande.

Pero el otro existe.

Prohibido hacerse el autista

Uno de los resortes psicológicos que subyacen a este pase de magia que esfuma al otro tiene seguramente una raíz primitiva: "Quien no ha sido percibido, tratado ni sentido como persona en sus primeros años no puede desarrollar él mismo la capacidad de hacerlo", explica Painceira. Las personas con estas características "no sienten, viven desconectadas de sus afectos, en un cuerpo que sienten como un objeto más en un mundo de objetos".

Sin embargo, la multiplicación del fenómeno permite pensar en mecanismos sociales que activan los engranajes del individualismo extremo. "En nuestra cultura cada vez es menos frecuente la relación yo-tú, y cada vez es más frecuente el contacto puramente instrumental del otro, que pasa a existir exclusivamente cuando es un obstáculo o cuando lo necesitamos."

Para muestra, un estudio reciente realizado por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) detectó que el 70% de los argentinos asume conductas discriminadoras, especialmente hacia las personas pobres. Es decir que la mayoría de nosotros segregamos a quienes no vemos como semejantes, salvo cuando resuelven nuestras necesidades.

La manifestación de esta devaluación del otro se manifiesta en hechos cotidianos que, en opinión de Renata Pavani, demuestran "una brutal pérdida de valores y prioridades, además de una despersonalización de nosotros mismos".

Desde la experiencia que adquirió invirtiendo tres horas diarias en viajar desde y hacia su trabajo como product manager de una editorial médica, comenta: "Hemos llegado a tal nivel de patetismo, que el otro día en el subte descubrí un cartel, paralelo al oficial, que decía «Prohibido hacerse el dormido», y se veía a una mujer embarazada colgada del pasamanos y a un chico joven sentado, que «parecía" dormido...".

"El mecanismo es similar con las normas de tránsito y tantas otras normas -concluye-. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero cuando nos toca hacerlo, nos hacemos los autistas."


Hacer de las calles un autódromo, lo que provoca 22 muertes por día (unas 8000 al año). Y en su versión más extrema, fugarse sin ayudar a los heridos a tiempo de salvarse.

Olvidar la prioridad de paso del peatón en las esquinas, amnesia que se repite con el resto de las reglas de tránsito.

Creer que los demás son transparentes y no ocupan lugar en el espacio, hecho que se manifiesta con particular intensidad en los medios públicos de transporte.

Ignorar voluntariamente los derechos de los demás. En ocasiones, la conducta va acompañada de agresión a quien decide poner en evidencia la falta de ética.

Invadir el espacio auditivo de los otros. La radio del auto no es necesariamente bienvenida por los demás. Salvo para quien participa de la conversación, el diálogo por celular en volumen máximo molesta.

Usar la bicisenda como lugar de estacionamiento, especialmente los fines de semana, que son los días en que es más usada por los ciclistas.

Desatender reglas de respeto elementales, como dejar el lugar en la fila o el asiento a una persona mayor, a una embarazada o a otra persona que realmente lo necesita.

Olvidar que el dinero y el espacio púbico son públicos, es decir, de uso colectivo y no para beneficio personal o partidario.

Fumar en lugares públicos cerrados e ignorar que el humo del tabaco es nocivo para todos, incluidos los que no fuman.

Priorizar derechos de ricos y famosos por sobre los derechos de pobres y desconocidos.

Recordar la existencia del prójimo sólo cuando lo necesitamos.